mayo 17, 2024

Tupper-te las vergüenzas…

TEXTO /// MARIO GARCÍA

@arrozavec

Nunca un trozo de plástico fue capaz de convertir la pausa de la comida en un pozo tan oscuro donde la decepción y el arrepentimiento se entrelazan en un baile macabro. 

Por si hubiera pocas razones para crucificar el trabajar en la oficina, hoy vengo a abordar la que es capaz de denigrar más tu condición humana: el tupper. 

Si bien no parece mala la idea de poder comer lo mismo que te cocinarías en casa (y de paso llegar con vida a mitad de mes con tu sueldo de becario entrado en edad), el resultado empieza a hacer aguas desde el momento en el que quien tiene que cocinar eres tú…

Ya queda lejos aquel día en el que conseguiste hacer una tortilla con cebolla en vez de con teflón, y admitamos que, desde entonces, el grueso de tu trayectoria culinaria se ha movido entre la pasta atroz y el arroz pastoso. Incluso has pensado en declararte públicamente vegano para poder justificar ante tus compañeros el llevar comiendo la misma ensalada de la tristeza cinco días seguidos. 

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Una comida bastante aesthetic, pero un tupper al fin y al cabo por @asanyan617

Pero incluso si eres de los afortunados que comen de mamá, porque eres tan miserable que cuadras las visitas a casa con tus necesidades alimenticias, la inevitable ceremonia del microondas terminará de arruinar lo que era un plato rebosante de amor y dedicación.

Prueba de ello es que ni siquiera te molestas en pasar la comida a un plato porque sabes que el resultado va a ser exactamente el mismo: un revoltijo de olores y sabores añejos envejecidos en barrica radiactiva con estalactitas de crema de verduras y, donde la menor de tus preocupaciones va a ser la ingesta de microplásticos. 

"Batchcooking" o "cómo sufrir un ataque de ansiedad un domingo".

Ya en la mesa, y como si de las duchas de un gimnasio se tratara, un silencio inicial invade el ambiente y cada uno clava los ojos en su tupper sin levantar la vista, tanto por vergüenza propia como por el temor de que lo que tiene el de al lado luzca significativamente mejor. 

Y en caso de que pretendas evitarte el bochorno colectivo y decidas comer en tu ordenador, estarás regalándole entonces a todo tu departamento la exquisita experiencia de zamparse tu filete de panga recalentado antes de que te lo acerques siquiera a la boca. 

En el mundo del tupper no hay espacio para reflexiones filosóficas sobre ‘el contenido o el continente’ porque aquí nada se salva. Y es que el propio recipiente, testigo mudo de las atrocidades gastronómicas cometidas en nombre de la eficiencia laboral, es el protagonista de un siniestro bucle final: volver a tu casa acumulando nuevas costras (de comida, en el mejor de los casos), junto con un par de cubiertos acostumbrados a acribillar la misma bolsa biodegradada -sin ser biodegradable- que llevas usando meses, y preparado para jugártela la próxima vez que lo cojas y que, por arte de magia, su tapa no encaje. 

Desde luego, si alguien se merece un homenaje es este trozo de plástico capaz de hacer buenos a los dementes que eligen cada día el menú del comedor de la empresa para llenarse el estómago. 

The tupper is dead. Long live the tupper! 

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