mayo 17, 2024

Street food de mañaneo: la deconstrucción del amor propio

TEXTO /// MARIO GARCÍA

@arrozavec

Cuando la fiesta acaba, comienza una odisea aún mayor que lograr llegar a casa de una pieza: encontrar algo con lo que compensar a tu estómago cuando va tan vacío como tu cerebro.

Si hay un momento en el que el culto culinario desciende a niveles ínfimos, ese es el momento de intentar llenar el buche al volver de fiesta. 

El instante en el que encienden las luces del infame garito al que has decidido arrastrarte deja dos cosas al descubierto: el despreciable aspecto de todos los allí presentes y la llamada de socorro de tu estómago tras llevar diez horas sin un alimento sólido en pro de tu intento de diversión.

Es entonces cuando, tras salir del antro dejándote la chaqueta, la dignidad e incluso a algún amigo, te dispones a lidiar la batalla por conseguir bocado. Básicamente como has estado haciendo media noche pero esta vez sin que te hagan cobras. 

En esta batalla, el local ganador no es precisamente el mejor postor sino simplemente el que esté dispuesto a atenderte a pesar de tu estado.

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Ya el hecho de que haya sitios que decidan abrir a esas horas sabiendo el público que van a recibir, es un presagio de que en su carta no vas a encontrar las palabras gastro, alérgenos o gourmet. Ni falta que te hace. Lo único que ansías en tu travesía por el desierto es dar con algún rastro de olor a grasa quemada o con el rótulo de alguna cadena de comida basura. 

Y en realidad, da igual donde acabes porque la experiencia será la misma: El vendedor de turno dirigiéndote la mirada con una mezcla de lástima y desdén intentando no expresar ningún juicio, tú haciendo un esfuerzo titánico por esbozar alguna palabra inteligible, y tu estómago recibiendo un amasijo informe con más patógenos que nutrientes, que en cualquier otra circunstancia, te escupiría en la cara.

En cualquier caso, sea lo que sea, no será peor que todo lo que te has metido esa noche y, además, dado tu estado, hay altas probabilidades de que lo acabes vomitando. 

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En el caso de que ya asome el sol porque estés volviendo de un after, la miseria entonces se multiplica.

Lo más probable es que acabes en una panadería cruzándote a padres pidiendo capuccinos y tostadas con jamón, siendo consciente de que tus opciones están limitadas a pedir un Choleck en botella y huir; porque intentar agarrar una taza con el pulso que llevas sería como tratar de llegar a casa con la cabeza bien alta: sencillamente imposible. 

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